Si
hasta ahora he pensado que la incoherencia humana con sus ideales o creencias
es intolerable, al menos en ciertos grados, en este momento me planteo la
suerte que supone tal incoherencia, derivada de nuestra división subjetiva, de
la no concordancia entre nuestra conciencia y los deseos inconscientes. Porque,
ahora me doy cuenta, si ciertas ideologías o creencias hubieran contado con una
mayoría de adeptos coherentes, el horror en el mundo sería indescriptible (bien
es verdad que una parte de ese horror se debe a las incoherencias). El caso en
el que la coherencia estuvo cerca del límite de lo absoluto fue el nazismo y ya
se ve dónde llegó y dónde podría haber llegado.
Es
más, la coherencia en un grado absoluto llevaría a una falta de libertad
insufrible –lo cual no quiere decir que cada cual no se rebele contra su
incoherencia, porque ésta también puede llegar a hacerlo esclavo de sus
miserias.
Esa
dimensión temible de la coherencia total (también puede expresarse como el mal
sin su par, el bien) lo expresó con humor Italo Calvino en “El vizconde
demediado”: al vizconde lo parten por la mitad en la guerra y vuelve la parte
mala a su condado haciendo perrerías a todos los habitantes. Todos suplican
para que venga la parte buena. La mala se va, viene la buena –empeñada en
hacerlos portarse bien- y entonces todos rezan para que, por favor, vuelva la
mala, porque la buena es mucho más insufrible.
Por
tanto la lucha que uno ha de tener entre sus tendencias encontradas, sea la que
sea la que se imponga, es la fuente del mayor equilibrio posible… y deseable,
siempre que uno de los dos opuestos no se imponga en exceso. Cuando la
tendencia que se impone es la que va contra los valores éticos o morales, la
conciencia actúa para intentar forzar en el sujeto su corrección y, ahora sí,
exigirle que sea coherente con lo que supuestamente tiene como ideal.
En
un tratamiento psicológico, ese conflicto entre opuestos lleva a los sujetos a
la consulta cuando tal conflicto se ha vuelto inhabilitante, no tanto por el
conflicto en sí, sino porque el sujeto no es capaz de actuar con libertad ante
las exigencias de ambas tendencias. Eso suele encontrar su manifestación en la
angustia que indica al sujeto que se halla ante una encrucijada y que es
incapaz de hacer una elección para salir de ella.
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