La
ansiedad, o angustia, está siendo tratada desde la psiquiatría y desde algunas
corrientes psicológicas como un trastorno en sí mismo, una maldición o, en
cualquier caso, como algo que hay que hacer desaparecer cuanto antes y como
sea.
Lejos
de ese planteamiento, como psicólogo clínico, considero la ansiedad como una
respuesta adecuada de nuestro psiquismo cuando, para asegurar su equilibrio,
necesita manifestar con premura y contundencia que algo no funciona bien en
nuestros planteamientos vitales o que estamos eludiendo la resolución de un
conflicto. De modo similar a como en el cuerpo la fiebre no es el problema a
evitar o resolver, sino el signo de alarma que nos ayuda a enfrentar y curar un
mal que puede estar poniendo en peligro nuestro organismo, la ansiedad cumple
en la mente una función similar: opera como la alarma fundamental que nos
solicita pronta intervención para evitar un mal mayor en nuestra mente. Se
constituye así en un límite necesario al desequilibrio presente en el
psiquismo, una llamada a la salud, a que el sujeto se haga cargo de sus
conflictos no resueltos, de demandas o exigencias propias o ajenas excesivas,
del temor a que se convoque su deseo, o a alienaciones o sometimientos que
están suponiendo un sobreesfuerzo a nuestra mente, un gasto innecesario de
energía, resultado todo ello de un trabajo improductivo que el sujeto ha de
realizar por su parte para satisfacer, generalmente, las demandas de otros. Por
eso, la ansiedad necesita zarandear al sujeto y gritarle “Basta ya”.
Eliminar
la ansiedad como si fuese el problema en sí misma, y no la tentativa de
solución, sólo conduce a aumentar el problema que, antes o después –esa es una
experiencia común-, buscará el mínimo resquicio en la mente para volver a manifestarse,
generalmente gracias a un desencadenante que vuelve a poner en evidencia la
existencia de ese malestar en el sujeto sobre el que echó tierra en aquella
ocasión. Es lo que suelen contar las personas que sufren crisis de ansiedad:
han venido viviendo episodios cada cierto tiempo tras un tratamiento
medicamentoso que la ha hecho desaparecer.
El tratamiento que sea tal ha de
dirigir sus esfuerzos a resolver lo que en la mente del sujeto necesitó llamar
su atención mediante la angustia y así, entendiendo su función y resolviendo el
conflicto que la hizo necesaria como alarma, hacer innecesaria la presencia de
esa ansiedad en su vida. La mayoría de los pacientes acaban viendo que la
angustia que detuvo o puso en jaque su vida un día fue el principio de un
cambio de posición en su proyecto vital que les ha ayudado a sentirse mejor y
más libres. Han entendido, desde la perspectiva que da la curación,
el gran servicio que un día les hizo la ansiedad al imponer esa parada, ese
límite en su vida.
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