No hay palabra que no cause una
emoción: que alguien te pida ayuda, te convoque a la lucha, te denigre, te
declare su amor…, en todos los casos aparecerá una emoción producida por esas
palabras. Pero, aunque no sean emitidas por nadie, basta que uno piense o
fantasee con algo para que se produzca también una emoción. Cuando se habla de
racionalizar, ese intento de dejar fuera las emociones, lo único que se hace es controlar la expresión de la emoción, pero está tan presente como cuando se pronuncia
cualquier palabra.
A lo largo del tiempo se ha buscado la
localización cerebral para las emociones y sus enlaces o relaciones con otras
áreas, al tiempo que trataba de separarse o aunarse, según los autores,
pensamiento – lenguaje- y emoción.
Nada de lo que causa emoción escapa al
dominio de las palabras, del lenguaje, si se quiere ser más exacto. Una caricia
–algo en sí mismo no simbólico, pero que nace como conducta derivada de la
capacidad de expresión simbólica del hombre- produce emoción en la medida en
que es interpretada como deseo, como amor, como cercanía, o de cualquier otra
manera de presencia humana. Porque, y eso es importante, no siempre es recibida
como placentera: a veces, en sujetos que han sufrido, por ejemplo, privación de contacto y
afecto en la infancia, se puede convertir en una sensación dolorosa, que el sujeto tiende
a esquivar o rechazar.
Lo que escapa al dominio del lenguaje
es la propia expresión de la emoción, el modo en que el cuerpo manifiesta lo
que recibe de ese signo primordial de humanidad que es el lenguaje. Que alguien
tiemble, se le erice el vello, le recorra el placer toda su piel, tenga ganas
de llorar o de reír, todo eso es efecto de la emoción. Es ese modo de expresión
lo que se escapa al dominio de lo simbólico para hacerse recorrido nervioso o
eléctrico, para alterar, zarandear, ahogar o transformar alguna función o algún
órgano de nuestro cuerpo de un modo misterioso.
Una emoción que aparece con una
intensidad absolutamente sorprendente, desconcertante y desbordante es la de lo
siniestro. Es la emoción, que ha sido planteada a veces como el límite, si no el reverso,
de lo bello, que logra penetrar en lo más oscuro y recóndito de nuestro ser,
atravesar cualquier máscara, cualquier recreación novelada de nuestra memoria,
para llevarnos a lo que nunca logramos arrancar de nosotros por más que lo
deseáramos. Hay una escena en “El orfanato”, cuando la protagonista está
intentando entrar en el baño y aparece detrás el niño con la cabeza cubierta,
en el que se produce esa emoción de un modo inexplicable, pero que podemos
asegurar que no es ajena a algún reconocimiento, a algún reencuentro nuestro
con algo que nos es familiar, algo de nuestra memoria, algo por tanto simbólico,
pero en su encuentro con lo más real de nosotros mismos.
Freud tiene un ensayo precioso sobre lo
siniestro que, más allá de que consiga o no tu acuerdo con sus planteamientos,
te sumerge, con su forma de escribirlo, en la propia emoción de lo siniestro.
En las consultas de los psicólogos se
observan los efectos de las emociones antiguas, guardadas en nuestra memoria
hasta que son convocadas por alguna del presente, bajo el modo de síntomas,
nunca resueltas ni disueltas porque no hubo ni ha habido una repuesta a los
actos y palabras que las causaron. Es interesante señalar la concurrencia de
actos y palabras porque, si alguien recuerda la película
de “El príncipe de las mareas”, lo que causa destrozos en la hermana del
protagonista no es tanto la violación sufrida, que también, sino la orden de la madre: “no
ha ocurrido nada” con la que pretende silenciar, incluso borrar, lo que han
sufrido todos ellos. Esa orden lleva a la hija a estar siempre al borde de
borrarse definitivamente mediante el suicidio. Esa experiencia es común a mujeres que han sufrido abusos que sus madres u otros familiares han silenciado a pesar de conocerlos. Ese silencio, que supone un pacto con el agresor, es más destructivo que el propio acto del abuso.
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