Hace
no mucho tiempo tuve un paciente adolescente en consulta que, atenazado por el
miedo a los otros, se había unido a un grupo de extrema derecha muy violento.
Con el tiempo me explicaría que, sintiéndose un cordero muy vulnerable a las agresiones de los otros, decidió
unirse a los lobos, a los que los
demás temían, y obra de ese significante, lobo-ultra-, se transforma en alguien
capaz de cometer cualquier atrocidad. Para su bien, él no pudo subsumirse
totalmente bajo esa identificación e hizo una crisis que lo llevó a la
consulta.
El
sujeto, en su indeterminación, se apoya en la representación yoica (“yo soy
skin, gótico, cristiano,...) para hacerse reconocer ante los otros o para
nombrase a sí mismo. No es su nombre, del que no puede dar cuenta por proceder
del Otro, sino todas esas identificaciones del yo las que pueden llegar a
descomponerse. Eso es lo que ese chico vivió, estando ya en consulta, en un
enfrentamiento de tú a tú con otro chico: éste lo amenaza y él, en la soledad,
no puede enfrentar la agresión que el otro le anunciaba y entra en una grave
crisis de aislamiento, pánico, dificultades para mantener la coherencia
discursiva,… Se descompone mientras intenta aferrarse a identificaciones
diversas, pero ninguna suficiente, que lo han ayudado a sostenerse en la vida
mientras daban alguna idea de unidad. Cuando esa unidad peligra, el sujeto
entra en el pánico del no saber cómo hacerse representar frente a los otros (y
así Jorge, el cordero, convertido en odio-lobo entre los corderos, llega a una
crisis que se puede considerar pre-psicótica).
Cuanto
más fuerza cobra una identificación, apropiándose de conjunto del yo, más
peligro hay de entrar en la vía que el significante al que se identifica guía:
si es anorexia, entrará en el voraz descarnarse de la misma; si es neonazi,
skin,… caerá en el desfiladero de la violencia que lo hace adentrarse cada vez
más en una vía sin retorno porque se sabe en peligro; si es en la escena del
“gracioso”, ya no podrá sino ser el cómico-esclavo de su clase o grupo. Porque
la identificación a un grupo bajo el significante primordial que define ese
grupo da al sujeto una supuesta consistencia de ser, que es lo que “engorda” al
yo, y que, curiosamente, es la vía elegida por gran parte de la psicología y de
la pedagogía bajo el timo de la autoestima: consolar al sujeto, darlo el ser,
es decir, responder a la demanda de amor, afianzarlo en el yo, ignorando que,
cuando el deseo pida una respuesta al sujeto que no tenga cabida en la identificación
que le ofrecieron, sobrevendrá el cataclismo del yo que, según hayan sido sus
cimientos primeros, aguantará el envite con una crisis de angustia, se
adentrará en la necesidad de llenar el vacío con alguna droga, o se verá
llamado al mundo atronado de la locura.
Una
de las identificaciones primordiales es la sexual. Cuanto más inestable o
dudosa sea esa identificación, mayor recurrencia habrá al síntoma,
especialmente a la agresividad. La identificación es la transformación que
sufre un sujeto cuando asume una imagen, cuando cae bajo los efectos de un
significante amo, en su dimensión imaginaria.
Que
los mayores conflictos se presenten en la adolescencia se explica porque el que
adolece lo hace esencialmente en el ser, y ve ante él numerosas ofertas para
calmar su vacío y poder sentirse alguien a través de su pertenencia a un grupo regido
por la moda-estética, por propuestas ideológicas o morales, o cualquier ideal.
De ahí que la entrada en un determinado grupo suponga transformaciones
importantes en el comportamiento de un chico que los padres perciben como
extraña e inexplicable.
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