miércoles, 5 de febrero de 2014

Descomponerse, psicológicamente

Hace no mucho tiempo tuve un paciente adolescente en consulta que, atenazado por el miedo a los otros, se había unido a un grupo de extrema derecha muy violento. Con el tiempo me explicaría que, sintiéndose un cordero muy vulnerable a las agresiones de los otros, decidió unirse a los lobos, a los que los demás temían, y obra de ese significante, lobo-ultra-, se transforma en alguien capaz de cometer cualquier atrocidad. Para su bien, él no pudo subsumirse totalmente bajo esa identificación e hizo una crisis que lo llevó a la consulta.
El sujeto, en su indeterminación, se apoya en la representación yoica (“yo soy skin, gótico, cristiano,...) para hacerse reconocer ante los otros o para nombrase a sí mismo. No es su nombre, del que no puede dar cuenta por proceder del Otro, sino todas esas identificaciones del yo las que pueden llegar a descomponerse. Eso es lo que ese chico vivió, estando ya en consulta, en un enfrentamiento de tú a tú con otro chico: éste lo amenaza y él, en la soledad, no puede enfrentar la agresión que el otro le anunciaba y entra en una grave crisis de aislamiento, pánico, dificultades para mantener la coherencia discursiva,… Se descompone mientras intenta aferrarse a identificaciones diversas, pero ninguna suficiente, que lo han ayudado a sostenerse en la vida mientras daban alguna idea de unidad. Cuando esa unidad peligra, el sujeto entra en el pánico del no saber cómo hacerse representar frente a los otros (y así Jorge, el cordero, convertido en odio-lobo entre los corderos, llega a una crisis que se puede considerar pre-psicótica).
Cuanto más fuerza cobra una identificación, apropiándose de conjunto del yo, más peligro hay de entrar en la vía que el significante al que se identifica guía: si es anorexia, entrará en el voraz descarnarse de la misma; si es neonazi, skin,… caerá en el desfiladero de la violencia que lo hace adentrarse cada vez más en una vía sin retorno porque se sabe en peligro; si es en la escena del “gracioso”, ya no podrá sino ser el cómico-esclavo de su clase o grupo. Porque la identificación a un grupo bajo el significante primordial que define ese grupo da al sujeto una supuesta consistencia de ser, que es lo que “engorda” al yo, y que, curiosamente, es la vía elegida por gran parte de la psicología y de la pedagogía bajo el timo de la autoestima: consolar al sujeto, darlo el ser, es decir, responder a la demanda de amor, afianzarlo en el yo, ignorando que, cuando el deseo pida una respuesta al sujeto que no tenga cabida en la identificación que le ofrecieron, sobrevendrá el cataclismo del yo que, según hayan sido sus cimientos primeros, aguantará el envite con una crisis de angustia, se adentrará en la necesidad de llenar el vacío con alguna droga, o se verá llamado al mundo atronado de la locura.
Una de las identificaciones primordiales es la sexual. Cuanto más inestable o dudosa sea esa identificación, mayor recurrencia habrá al síntoma, especialmente a la agresividad. La identificación es la transformación que sufre un sujeto cuando asume una imagen, cuando cae bajo los efectos de un significante amo, en su dimensión imaginaria.

Que los mayores conflictos se presenten en la adolescencia se explica porque el que adolece lo hace esencialmente en el ser, y ve ante él numerosas ofertas para calmar su vacío y poder sentirse alguien a través de su pertenencia a un grupo regido por la moda-estética, por propuestas ideológicas o morales, o cualquier ideal. De ahí que la entrada en un determinado grupo suponga transformaciones importantes en el comportamiento de un chico que los padres perciben como extraña e inexplicable.

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