jueves, 20 de febrero de 2014

Educación versus relación y afecto


Al hablar de educación frente a relación y afecto no supone un planteamiento de alternativa, o lo uno o lo otro, sino de tener en cuenta en qué momentos es preferible priorizar uno u otro aspecto, a la par que entender que la educación dependerá de la relación afectiva establecida y viceversa.

Bagaje cultural y afectivo de los padres
El encuentro del niño con los padres no es sólo un encuentro con buenos deseos e intenciones, sino un encuentro con todo lo que los padres han vivido y atesorado tanto en lo cultural como en lo afectivo. Los padres se dirigirán a ese niño de acuerdo a su historia educativa propia y a las bases afectivas que se establecieron en ellos a través del encuentro con sus propios padres.

Educación
Si el niño es susceptible de ser educado es, primero, por la dependencia absoluta en que nace, tanto para ser como para satisfacer sus necesidades, y segundo, cuando ya se ha constituido como sujeto, por amor a los padres. Cuando algo no va bien en esas relaciones se manifiesta con problemas de conducta, con cambios en el ánimo del niño, con alteraciones en sus hábitos alimenticios o de sueño. Todas esas manifestaciones hay que entenderlas como la dificultad del niño para percibir el amor de los padres o para responder a lo que puedan desear de él.

Relación-afecto
Un niño no se constituye en sujeto si no es por obra del significante que lo nombra como tal y de todo lo que los padres, o quienes hagan esas funciones, le transmiten a través de su contacto y sus manifestaciones afectivas. Un niño no sobrevive con solo alimentarlo, sin el afecto, y si sobrevive no lo hará sin grandes lacras.

Todo afecto tiene un efecto educativo, es decir, transformador del sujeto, pero no toda educación supone afecto.
Si la distancia entre uno y otro es excesivamente grande, generará problemas educativos o afectivos en el niño. Si el peso recae excesivamente sobre la educación tendremos problemas en el comportamiento del niño en el colegio o en casa o en ambos lugares. Y si recae excesivamente sobre el afecto, tendremos problemas de educación (caprichos, infantilismo, berrinches, dependencia exagerada....).
Si el niño percibe que la educación es lo más importante para los padres, esa educación, lejos de acercarlos, se convertirá en una barrera en la relación padres-hijo.
Otro peligro de hacer recaer todo el peso sobre la faceta educativa es que puede llevar al niño a establecer una relación con la ley, las normas, de exterioridad, de control, lo que conllevará la permanente presencia del Otro para hacer que él la cumpla.
Por el contrario, hacer recaer la relación más sobre los lazos afectivos, va a favorecer una interiorización de la ley por parte del niño, al asumir dentro de él las normas que se le han ido transmitiendo, haciendo propia la ley, es decir, convirtiéndola en conciencia.

Lo que el niño es
Lo que el niño es supone tanto un proceso como un estado:
·         En él hay una herencia genética que será el sustrato sobre el que trabaje el significante.
·         El niño no es un puro objeto sobre el que actúan los padres o adultos sino que, desde su constitución como sujeto irá modulando lo que le llega de ellos y, a la vez, influyendo en su modo de tratarlo.
·                  Finalmente será el niño el que se reconozca como tal sujeto y sea entonces él el que asuma o rechace lo que le llega de lo que se produce en la relación con sus padres.

Lo que muestra
Lo que muestra en sus conductas, en sus expresiones afectivas, en sus palabras, en todo lo que resulta visible para los padres y los demás, es lo que el niño produce a partir de lo recibido en la educación y en la relación. En ese lugar se encuadran lo síntomas que el niño pueda generar desde sus conflictos.

Lo que se escapa "x"
Hay una parte importante que nace del niño como pura creación, que va más allá de lo recibido. Eso que crea puede sin embargo guardar relación con sus padres, a través de lo que a sus padres se les escapa a su percepción consciente: es el deseo como algo enigmático que se articula en lo que los padres dicen o hacen al niño, pero que ni ellos mismos son conscientes de estar poniéndolo en juego. Para el niño, que lo puede percibir a través de ciertos índices, se convierte en un enigma.



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