En la
atención psicológica prestada a cualquier sujeto desde la Psicología Clínica,
hay tres principios que han de primar por encima de cualquier otra
consideración:
1. Todo sujeto es sujeto de pleno
derecho.
2. Su capacidad de elección es
inalienable.
3. Su estado psicológico queda
determinado por su relación a la ley –que subsume las dos anteriores-.
En
cuanto a la primera, que un sujeto lo es de pleno derecho quiere decir que, sea
lo que sea que afecta a su equilibrio psicológico, sean cuales sean los
síntomas que lo hacen sufrir y sea cual sea su cociente intelectual, nadie
puede actuar sobre sus síntomas o sus conductas sin el consentimiento del
sujeto. Como corolario de este principio, el psicólogo ha de tener una posición
de servicio frente a su cliente o paciente, es decir, en ningún momento puede ejercer el poder sobre ese sujeto,
aunque sea para su bien, menos aún
sobre el fondo de que, por principio, el sujeto que acude para que alguien
alivie su sufrimiento, se lo concede, ese poder, tras la suposición de que el
psicólogo tiene todo el saber sobre lo que le hace padecer. Es más, es el
psicólogo quien, en ese ámbito de la relación terapéutica, no es un sujeto de
pleno derecho porque su función es poner su saber, su trabajo y todo su ser al
servicio de quien acude a él para dar fin a lo que lo hace sufrir o lo hace ser
menos libre.
Respecto
al segundo principio, que su capacidad de elección es inalienable, supone que
el psicólogo nunca puede creerse dueño o arrendatario
de la capacidad de ese sujeto para resolver las encrucijadas, tomar las
decisiones o realizar las elecciones, ante las que se ve enfrentado en su vida.
Que ese sujeto sufra de ansiedad, esté quebrantado por una psicosis o limitado
por una minusvalía psíquica, no autoriza en ningún caso al psicólogo a tomar el
papel, desde su supuesto saber, de decidir por el sujeto, gobernar su vida o
someterlo a la esclavitud de la imagen o ideal que él tenga en su vida. Esta
acentuación en el mundo de la imagen, de la supuesta autoestima, de la
autovaloración, viene siendo en los últimos tiempos un modo común en el trabajo
psicológico, especialmente con mujeres, en que se les pide que puntúen
permanentemente su imagen física o expongan su cuerpo a la mirada neutra y sana del psicólogo, con el peregrino fin de hacerle
valorar así su imagen y sentirse más segura como persona. El efecto de tal
planteamiento es una continua mirada del sujeto a su cuerpo, haciendo recaer
así el peso de su bienestar en el alienante mundo de la imagen y no en el
reconocimiento de las trabas puestas al deseo o a su capacidad de amar en la
vida. Deseo y amor porque ambos se apoyan justamente en eso que falta –al ser,
a la imagen, al bienestar…- y no en ninguna imagen ideal impuesta por el medio
social o por un supuesto saber psicológico.
Con el
tercer principio, la relación a la ley, se trata de entender que esa ley es
fundamental para poner orden en la mente en construcción del niño y comprender
que son las mismas leyes que rigen nuestro funcionamiento psicológico y social,
o ser conscientes de las consecuencias
que el rechazo o transgresión de la ley producen en el equilibrio psicológico
de cualquier ser humano. Son, por tanto, el punto fundamental para entender los
síntomas o las distintas afecciones psicológicas, desde la psicosis donde hay
una dificultad fundamental para entender la ley, a, en el otro polo, la
psicopatía como el rechazo frontal a esa ley. En la relación terapéutica, el
psicólogo nunca puede ser ni creerse el referente, el modelo, el que posee la
clave del bien y del mal que habría de guiar la vida de quién acude a su
consulta. En ese ámbito, él tampoco es el sujeto de pleno derecho; en este
terreno, sus criterios morales, éticos o estéticos no tienen cabida y son
insignificantes: el sujeto que acude a él lo hace para que ponga su trabajo al
servicio de su deseo de entender, fijar, modificar o rechazar sus propios
criterios morales, éticos o estéticos con los que enfrentarse a sus propias
dificultades o a su relación con lo social. Que el psicólogo ponga su trabajo
al servicio del sujeto con el fin de que de su consulta salga un ser más libre
de lo que era al llegar a ella, que incluso ese trabajo sea lo suficientemente
eficaz para que la salida del malestar no sea a costa de convertirse en un
canalla, no quiere decir que tenga derecho a ejercer el poder o manipular a ese
sujeto para que llegue a lo que el psicólogo considera lo más sano para cualquier ser humano.
Si el
trabajo se apoya en la relación a la ley, en lo simbólico, que permite poner
límites, ordenar, entender, dar sentido a sus síntomas, y no a lo imaginario
que tiende a la alienación, a la sugestión, al ejercicio del poder, más
posibilidades habrá que de ese tratamiento salga un sujeto responsable de sus
actos y no un alienado feliz o un
canalla que retuerza a su conveniencia sus responsabilidades para obtener
siempre un beneficio propio aunque pueda atropellar de paso a cualquier otro
ser humano.
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