jueves, 30 de enero de 2014

Los bienes que envilecen


Cuando quienes tienen el encargo de elaborar y modificar las leyes para lograr una convivencia mejor y, sobre todo, mayor justicia, son los mismos que en los últimos años, en un gran porcentaje, burlan la ley con el afán de acumular dinero o hacer que lo acumulen amigos o familiares, se llega a la evidencia de que el nivel ético, o moral, si se prefiere, de este país es ínfimo, y lo es, no sólo por la incoherencia de esos políticos, sino porque los ciudadanos lo toleramos como si de un simple espectáculo se tratase (la excepción son, y me parecen admirables, las personas a las que han robado con las preferentes y que no cejan en su lucha por obtener justicia: se podría pensar que sólo defienden sus intereses, pero yo creo que todos deberíamos estar con ellos en la calle porque también luchan contra la legitimación del robo).
Cuando surgió el movimiento de los indignados no me sentí cerca de ellos porque la indignación nació con la crisis, con las carencias, no cuando todos creíamos nadar en la abundancia, aunque esa abundancia fuera la porquería que nos estaba ahogando. La indignación tendría hoy plena justificación para el común de las personas de bien porque lo que hoy se está viviendo es la burla, el abuso o la violación de la ley por parte de las personas que, estando en posiciones de poder y en posesión de gran parte de la riqueza, pretenden acumular más a costa del bienestar general (no entro además en la pérdida de derechos, o en utilizar la crisis como pretexto para privatizar y favorecer otra vez a los allegados, o en la dejación de la protección a los grupos más desfavorecidos).
Si el mayor bien para estas personas (y la mayoría de ellos no sienten pudor en acudir fervorosamente a misa) consiste en la riqueza obtenida ilícitamente, ello se debe a que son incapaces de generar una política de bienestar para todos. Una política que buscara el bien común les retornaría como reconocimiento, admiración y les permitiría obtener un lugar digno en la historia (éstos, por supuesto, son bienes no acumulables). Pero no; antes que la valía moral, prefieren la acumulación absurda y obscena de dinero que, cuando se descubra su ilicitud, habrá de cubrirlos de vergüenza.
Son esos mismos políticos los que se atreven a defender lo "sagrado" -el congreso cuando va a ser asaltado por esas masas armadas de rifles de asalto, carros blindados y apoyadas por especialistas tipo 007; la monarquía cuando, después de hacer lo imposible por favorecer a sus súbitos y proclamar que todos somos iguales ante la ley, lucha mucho más por defender sus privilegios de sangre; o la Iglesia, la del poder, que sólo levanta la voz para defender privilegios o para apoyar todo aquello que aplasta aún más a los oprimidos-, sacando a esa palabra, sagrado, de su sentido original (lo que, transcendiendo al hombre, no era modificable, manipulable, no se podía cambiar a antojo y era digno de respeto) para darle el uso más obsceno posible (el del ejercicio del poder para proteger privilegios, intereses o conseguir de la mayoría el servilismo o alienación más tristes).
Como decía al principio, todos somos responsables de esa situación al preferir mantener en el Parlamento o en el Gobierno a quienes supuestamente encarnan o representan nuestros ideales políticos y religiosos (esa vieja historia de las dos Españas que nombró Machado como una condena), en vez de liberarnos de lo falaz y absurdo de esos ideales, y de esa necesidad alienante de defender una Idea por encima de la defensa del ser humano en sí mismo. Lo que se podía esperar es que nuestras elecciones (tanto en el sentido individual como político) nos condujeran a ser actores de la ética del bien hacer, de la defensa de la justicia por encima de los partidismos, a exigir responsabilidades a cualquiera que olvide su obligación de procurar el bien común o que vaya contra la ley y la justicia, sea esa persona de derechas, de izquierdas, rey o mendigo, religioso o lego, del Madrid o del Atleti.
Va pasando, día a día, ante nosotros la procesión de vergüenza de los que cobran comisiones, regalan contratos, roban del arca común, de los que mandan trabajar más mientras llevan bolsas a Suiza, o de los que hablan de gestión eficiente mientras restan prestaciones, de todos los que descuidan sus obligaciones con esa España a la que nombran sin pudor a boca llena, haciendo ostentación de su amor a nuestra patria, que no a los españoles, sembrando cada parque de banderas (que, por supuesto, son más importantes que los Servicios Sociales, por ejemplo), de los que cobran despidos millonarios por arruinar Cajas o robar a nuestros ancianos.... y, hagan lo que hagan, no se oye un rugido procedente de los millones de bocas -que no dudarían, sin embargo, en aclamarlos al paso de sus coches oficiales o cuando mueven la mano en su saludo desmayado- para exigir que la ley actúe contundentemente y obligar a que aprueben leyes donde las penas para los que usan el poder que se les concede para empobrecer a los demás mientras se enriquecen ellos sean las más duras de nuestro Código Penal (al menos tanto como por robar un móvil).
Que un país sea gobernado por quienes se envilecen persiguiendo únicamente el dinero, los que lo tienen como el único bien de sus vidas -y si entre ellos los hay que se comportan honradamente son también culpables por no denunciar o proteger con su silencio a los que lo son-, envilece al país entero que no les hace pagar su delito de forma proporcional a la gravedad del mismo.


Desde el punto de vista psicológico, esa forma de acumular bienes lleva, paradójicamente, a un desmesurado temor a la muerte, porque el ser humano, cuanto más tiene, más temor tiene a perderlo, y la muerte, justiciera al fin, te hace perder todo. Por eso, desde que el hombre es hombre, son los desheredados los que van a la guerra mientras los ricos se esconden con sus riquezas, sabedores de que obtendrán más del sacrificio inútil y absurdo de los que nunca sacarán nada de ellas.

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