La realización de una obra
(cuadro, libro, edificio, mueble, coche…) puede llevarse a cabo de una manera
técnicamente perfecta. El autor demostrará así un conocimiento claro de su oficio,
pero eso no la definirá como una obra de arte, es decir, algo sancionado por
los demás con un valor especial. Que una obra tenga belleza, guste, admire, se
debe a un plus estético que obtiene, más allá de la pericia, dedicación,
esfuerzo o entrega con la que lo ha realizado su autor, gracias al
reconocimiento del otro. Por ejemplo, una canción o pieza instrumental hecha
por alguien que conoce bien los tiempos, las notas o acordes, la armonía y todo
lo que interviene en una composición musical, puede ser técnicamente correcta,
pero que guste, haga vibrar, conmueva, exalte o haga gozar depende de algo que
no está en el conocimiento mismo de los elementos necesarios para componer una
canción o una sonata: lo adquiere por la sanción del que escucha. Lo mismo ocurre
con un cuadro, un vestido o, incluso, un coche. Por más que el autor crea haber
entregado una gran obra, el que la sanciona como tal, como algo bello,
agradable, emocionante, capaz incluso de zarandear la conciencia ―como algunos
libros o algunas películas―, es el otro, justamente el que no ha intervenido en
ella mas que como posible espectador de la misma. Ese que no puede saber del
esfuerzo, de las horas de trabajo, de las dudas, de la dedicación que ha tenido
a la obra su autor es el que finalmente decide de su valor.
Se da el caso paradójico de que
algo que no se reconoce por los entendidos en la materia como bueno tenga, sin embargo, éxito entre
una gran parte de espectadores: ocurre con algunos libros, algunas series o
películas y con determinadas composiciones musicales. En ese caso el
reconocimiento se debe a algo que se aleja del dominio técnico y se aproxima a
la capacidad del autor de entrar en consonancia con determinadas emociones,
anhelos o ilusiones de una parte de la población. Si esos casos no responden al
dominio de la técnica, ¡a qué deben su reconocimiento? Se entenderá mejor con
un caso extremo: hay personas que graban palizas o abusos a menores que luego son
recibidos y disfrutados por un número considerable de sujetos. Que ese vídeo
convoque a determinados goces no quiere decir que la obra tenga valor estético
alguno y, además, carece de todo valor ético (ese valor se traduce en que no
produce repudio, asco, condena…, o produce placer, aprobación, acogida, en el
que lo contempla). Quizás las grandes obras son las que saben conjuntar ambos
goces, el estético y el ético de tal modo que, si alguien puede negar el
estético, nunca pueda negar el ético (hablo sin la necesidad de aclarar que
siempre se trata de mayorías y no de toda la población, porque la belleza no es
igual para todos, sea en el terreno que sea). Se podría añadir otro valor de la
obra, que hace disfrutar de otro modo, que es el que se produce cuando
encontramos en la obra un planteamiento novedoso, un saber ignorado hasta
entonces: se encuentra placer así en una obra de astronomía, de física, de
matemáticas,.... En realidad sin la suposición de saber que hacemos a toda obra
no se alcanzaría ningún disfrute, salvo los que dependen de la transgresión de
la ley o la perversión que pueden prescindir de ella.
Lo que podía ser un freno para el
trabajo de creación, el temor a que no guste, a que decepcione, se puede
convertir en un estímulo: trabajar sin necesidad de anticipar si lo que se está
realizando gustará o no, porque eso es imposible de saber. A la vez, fuerza al
creador a estudiar más y conocer mejor los medios técnicos necesarios para que
su obra pueda alcanzar ese reconocimiento. Eso no quita
que se anhele poseer el don de producir algo que será bien acogido por los
demás. Y es que se crea para los demás, aunque la verdad es que se disfruta
haciéndolo.
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