lunes, 24 de noviembre de 2014

La mirada del otro en la obra de arte

La realización de una obra (cuadro, libro, edificio, mueble, coche…) puede llevarse a cabo de una manera técnicamente perfecta. El autor demostrará así un conocimiento claro de su oficio, pero eso no la definirá como una obra de arte, es decir, algo sancionado por los demás con un valor especial. Que una obra tenga belleza, guste, admire, se debe a un plus estético que obtiene, más allá de la pericia, dedicación, esfuerzo o entrega con la que lo ha realizado su autor, gracias al reconocimiento del otro. Por ejemplo, una canción o pieza instrumental hecha por alguien que conoce bien los tiempos, las notas o acordes, la armonía y todo lo que interviene en una composición musical, puede ser técnicamente correcta, pero que guste, haga vibrar, conmueva, exalte o haga gozar depende de algo que no está en el conocimiento mismo de los elementos necesarios para componer una canción o una sonata: lo adquiere por la sanción del que escucha. Lo mismo ocurre con un cuadro, un vestido o, incluso, un coche. Por más que el autor crea haber entregado una gran obra, el que la sanciona como tal, como algo bello, agradable, emocionante, capaz incluso de zarandear la conciencia ―como algunos libros o algunas películas―, es el otro, justamente el que no ha intervenido en ella mas que como posible espectador de la misma. Ese que no puede saber del esfuerzo, de las horas de trabajo, de las dudas, de la dedicación que ha tenido a la obra su autor es el que finalmente decide de su valor.
Se da el caso paradójico de que algo que no se reconoce por los entendidos en la materia como bueno tenga, sin embargo, éxito entre una gran parte de espectadores: ocurre con algunos libros, algunas series o películas y con determinadas composiciones musicales. En ese caso el reconocimiento se debe a algo que se aleja del dominio técnico y se aproxima a la capacidad del autor de entrar en consonancia con determinadas emociones, anhelos o ilusiones de una parte de la población. Si esos casos no responden al dominio de la técnica, ¡a qué deben su reconocimiento? Se entenderá mejor con un caso extremo: hay personas que graban palizas o abusos a menores que luego son recibidos y disfrutados por un número considerable de sujetos. Que ese vídeo convoque a determinados goces no quiere decir que la obra tenga valor estético alguno y, además, carece de todo valor ético (ese valor se traduce en que no produce repudio, asco, condena…, o produce placer, aprobación, acogida, en el que lo contempla). Quizás las grandes obras son las que saben conjuntar ambos goces, el estético y el ético de tal modo que, si alguien puede negar el estético, nunca pueda negar el ético (hablo sin la necesidad de aclarar que siempre se trata de mayorías y no de toda la población, porque la belleza no es igual para todos, sea en el terreno que sea). Se podría añadir otro valor de la obra, que hace disfrutar de otro modo, que es el que se produce cuando encontramos en la obra un planteamiento novedoso, un saber ignorado hasta entonces: se encuentra placer así en una obra de astronomía, de física, de matemáticas,.... En realidad sin la suposición de saber que hacemos a toda obra no se alcanzaría ningún disfrute, salvo los que dependen de la transgresión de la ley o la perversión que pueden prescindir de ella.

Lo que podía ser un freno para el trabajo de creación, el temor a que no guste, a que decepcione, se puede convertir en un estímulo: trabajar sin necesidad de anticipar si lo que se está realizando gustará o no, porque eso es imposible de saber. A la vez, fuerza al creador a estudiar más y conocer mejor los medios técnicos necesarios para que su obra pueda alcanzar ese reconocimiento. Eso no quita que se anhele poseer el don de producir algo que será bien acogido por los demás. Y es que se crea para los demás, aunque la verdad es que se disfruta haciéndolo.

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