Hoy día en que la
muerte ajena, masiva y brutal, es, bien un negocio, bien un espectáculo
televisivo, o bien –en el mejor de los casos- un pequeño zarandeo a la
conciencia que pide una toma de postura, pero que se diluye mientras llega el
próximo suceso televisado, ocuparse del malestar subjetivo coloca al sujeto
entre la culpabilización y la impotencia. Porque es difícil encuadrar el
sufrimiento subjetivo, derivado de la construcción cultural, social o laboral
con que nos hemos con-formado, dentro de ese contexto de injusticia y
sufrimiento global, sin considerarlo como algo ridículo, casi obsceno cuando se
expone a ojos ajenos, pero que, queramos o no, es lo que nos ocupa de verdad.
En un tiempo se
criticaba –no sé si aún hoy-, por parte de los anarquistas, a la psicología, y
especialmente al psicoanálisis, por centrarse en el ámbito de lo particular, lo
íntimo del sujeto, mientras en lo social se producían desbarajustes, abusos,
injusticias o alienaciones vomitivas. Y no les faltaba razón, porque el
malestar individual no se puede separar de lo social –en sus dimensiones más
radicales: relaciones de poder o económicas, derechos individuales,..-. Pero no
todo es tan fácil: si muchos seres humanos se aíslan, someten o se vuelven
ciegos a las injusticias de los sistemas políticos y sociales (sin excluir a
los sistemas democráticos, que comenten las mismas injusticias bajo el barniz
falaz y mentiroso consistente en el supuesto respeto y cuidado a sus
ciudadanos), es porque nuestra construcción personal, nuestra división
subjetiva, desemboca casi siempre en diferentes formas de dependencia,
sometimiento o alienación. Y desemboca ahí gracias a los mecanismos psicológicos
de negación o al desconocimiento de aquello de uno mismo que traiciona o es
incoherente con los propios ideales, y afectos, o lo empuja a goces (anulación
de la voluntad y del deseo) que lo lanzan en manos de cualquiera de las
representaciones del amo, incluida la del amo absoluto, la muerte. Es por eso
que se volvería necesario que cada cual se liberara del mayor peso posible de
sus ataduras, dependencias y odios (sobre todo de las que no soportan la
diferencia en el otro) si se quisiera colaborar mínimamente en el progreso de la
justicia global. Ese es el principal cometido de un tratamiento psicológico:
liberar de ataduras que nos hacen eludir la responsabilidad sobre nuestro propio
malestar y del que afecta a la humanidad en su conjunto.
Nuestro silencio,
el del mundo entero, ante la muerte premeditada y calculada en los despachos de
los niños y hombres palestinos, ¿no es el reflejo de nuestra incapacidad para
ponernos de parte de la justicia? ¿Y somos capaces de centrarnos en nuestros
pequeños males y miserias como si fueran lo más importante del mundo? O lo que
es peor: nos sentimos parte de ese “progreso” mundial en la comunicación,
buscando desesperados comprar el último modelo ridículo de móvil, tablet o lo
que sea, para sumarnos a esa falacia de la “comunicación” o hacernos fotos sin
parar; o hacérselas a hombres ardiendo, mientras quien la hace se incluye en la
misma riendo (que vean sus amigos o el mundo entero qué feliz es con su móvil:
selfing divino), como si eso fuera el culmen de nuestra evolución de homo
sapiens, ignorando –a pesar de las noticias- a cuantos mueren por el ébola, el
SIDA, el cólera o el capricho denigrante de algún dictador cualquiera o de un
político “democrático” que juega a ser el juez del mundo.
Ese twitter que propaga
tantas noticias lacrimosas, que recorren el mundo gracias al retwitteo, sobre cómo se salvó a un gato
en medio de cualquier río por héroes de un día, ese twitter, ¿dónde ha formado
esa ola imparable contra la muerte más injusta que pueda imaginarse y del modo
más horroroso: a manos de la bombas enviadas por EEUU y los países europeos a
los israelitas, siempre fieles a ese dios suyo de la venganza, incapaz de
encontrar nunca un justo por el que perdonar al resto del pueblo, y que, con
recochineo, anuncian amablemente a sus víctimas que van a lanzar esas bombas?
We can, mister Obama, we can help you to exterminate the Palestine’s people,
un orgullo, y todo ello sin que se nos revuelva el estómago bien lleno de la
última comilona: es que somos gente curtida y dura…, casi tanto como los norteamericanos.
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