jueves, 14 de agosto de 2014

We can

Hoy día en que la muerte ajena, masiva y brutal, es, bien un negocio, bien un espectáculo televisivo, o bien –en el mejor de los casos- un pequeño zarandeo a la conciencia que pide una toma de postura, pero que se diluye mientras llega el próximo suceso televisado, ocuparse del malestar subjetivo coloca al sujeto entre la culpabilización y la impotencia. Porque es difícil encuadrar el sufrimiento subjetivo, derivado de la construcción cultural, social o laboral con que nos hemos con-formado, dentro de ese contexto de injusticia y sufrimiento global, sin considerarlo como algo ridículo, casi obsceno cuando se expone a ojos ajenos, pero que, queramos o no, es lo que nos ocupa de verdad.
En un tiempo se criticaba –no sé si aún hoy-, por parte de los anarquistas, a la psicología, y especialmente al psicoanálisis, por centrarse en el ámbito de lo particular, lo íntimo del sujeto, mientras en lo social se producían desbarajustes, abusos, injusticias o alienaciones vomitivas. Y no les faltaba razón, porque el malestar individual no se puede separar de lo social –en sus dimensiones más radicales: relaciones de poder o económicas, derechos individuales,..-. Pero no todo es tan fácil: si muchos seres humanos se aíslan, someten o se vuelven ciegos a las injusticias de los sistemas políticos y sociales (sin excluir a los sistemas democráticos, que comenten las mismas injusticias bajo el barniz falaz y mentiroso consistente en el supuesto respeto y cuidado a sus ciudadanos), es porque nuestra construcción personal, nuestra división subjetiva, desemboca casi siempre en diferentes formas de dependencia, sometimiento o alienación. Y desemboca ahí gracias a los mecanismos psicológicos de negación o al desconocimiento de aquello de uno mismo que traiciona o es incoherente con los propios ideales, y afectos, o lo empuja a goces (anulación de la voluntad y del deseo) que lo lanzan en manos de cualquiera de las representaciones del amo, incluida la del amo absoluto, la muerte. Es por eso que se volvería necesario que cada cual se liberara del mayor peso posible de sus ataduras, dependencias y odios (sobre todo de las que no soportan la diferencia en el otro) si se quisiera colaborar mínimamente en el progreso de la justicia global. Ese es el principal cometido de un tratamiento psicológico: liberar de ataduras que nos hacen eludir la responsabilidad sobre nuestro propio malestar y del que afecta a la humanidad en su conjunto.
Nuestro silencio, el del mundo entero, ante la muerte premeditada y calculada en los despachos de los niños y hombres palestinos, ¿no es el reflejo de nuestra incapacidad para ponernos de parte de la justicia? ¿Y somos capaces de centrarnos en nuestros pequeños males y miserias como si fueran lo más importante del mundo? O lo que es peor: nos sentimos parte de ese “progreso” mundial en la comunicación, buscando desesperados comprar el último modelo ridículo de móvil, tablet o lo que sea, para sumarnos a esa falacia de la “comunicación” o hacernos fotos sin parar; o hacérselas a hombres ardiendo, mientras quien la hace se incluye en la misma riendo (que vean sus amigos o el mundo entero qué feliz es con su móvil: selfing divino), como si eso fuera el culmen de nuestra evolución de homo sapiens, ignorando –a pesar de las noticias- a cuantos mueren por el ébola, el SIDA, el cólera o el capricho denigrante de algún dictador cualquiera o de un político “democrático” que juega a ser el juez del mundo.
Ese twitter que propaga tantas noticias lacrimosas, que recorren el mundo gracias al retwitteo, sobre cómo se salvó a un gato en medio de cualquier río por héroes de un día, ese twitter, ¿dónde ha formado esa ola imparable contra la muerte más injusta que pueda imaginarse y del modo más horroroso: a manos de la bombas enviadas por EEUU y los países europeos a los israelitas, siempre fieles a ese dios suyo de la venganza, incapaz de encontrar nunca un justo por el que perdonar al resto del pueblo, y que, con recochineo, anuncian amablemente a sus víctimas que van a lanzar esas bombas?

We can, mister Obama, we can help you to exterminate the Palestine’s people, un orgullo, y todo ello sin que se nos revuelva el estómago bien lleno de la última comilona: es que somos gente curtida y dura…, casi tanto como los norteamericanos.

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